TECNOLOGÍA Y DESPROFESIONALIZACIÓN

Hace tiempo que disponemos de diversas plataformas desde las que podemos disfrutar de clases y distintas prácticas. A golpe de click tenemos a nuestra disposición lo que de otra manera supondría una especie de ritual: preparar la ropa, ir al centro/gimnasio, prepararte mentalmente para una clase generalmente colectiva.

Nunca he sido partidaria, ni como alumna ni como profesora, de hacer una clase on line o a través de una reproducción de vídeo. Sí, me parecen muy prácticos como información, como un medio para sacar ideas o ver de una manera global, por ejemplo, ciertas asanas o movimientos que no dominemos. Pero practicar pendiente de una imagen cuando precisamente es en uno mismo en lo que hay que estar concentrado, no me parece en absoluto efectivo.

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Por no hablar de la cada vez más extendida “clase virtual”. Las cadenas de gimnasios, tanto de alto standing como los low cost y a través de los métodos más famosos y difundidos de prácticas típicas de gimnasio, están instaurando este tipo de clases. Aparte de lo que supone como “desprecio” al trabajo y conocimientos de la persona que se ha formado en la materia, creo que también se trata de una banalización de la actividad en sí y una irresponsabilidad para con los practicantes. En mi opinión, cualquier actividad, por suave que parezca, debería estar supervisada. En primer lugar para evitar lesiones leves o serias y en segundo por una correcta práctica en la que se pueda avanzar paso a paso y en la que se puedan solucionar dudas al instante.

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Aunque se implementó la práctica de yoga en gimnasios y clubes todavía no ha surgido la posibilidad de que se ofrezcan ese tipo de clases virtuales, al menos en los que yo conozco (espero no estar dando ideas). No obstante, y tras un debate con compañeros de gimnasios, la mayoría coincidíamos en la “fe” en el alumno. En el discernimiento. En que, a la larga, el alumno sabe diferenciar y valorar la profesionalidad, dedicación y conocimientos de un buen profesor. Al menos es lo que queremos creer y repetimos cual mantra, cuando vemos los “procesos de selección” que últimamente llevan a cabo ciertas cadenas de gimnasios de “prestigio” en los que instan a varios monitores (generalmente muy jóvenes y sin experiencia ni preparación) a dar varias clases en distintos horarios durante una semana. Terminado ese período, los socios “votan” a su “profesor” preferido. Aquí hemos de confiar en varios aspectos:

  1. Que el socio/alumno tenga la experiencia suficiente como para valorar al profesor y sus conocimientos (el mundo al revés)
  2. Que el socio/alumno no se deje llevar por la empatía o amistad con el monitor en cuestión.
  3. Que el profesor sepa combinar a la perfección el carisma con los conocimientos y la profesionalidad.

Y aquí es donde yo, personalmente, recuerdo las palabras de mi maestro con las que nos animaba a pensar en los distintos tipos de persona con los que tienes que tratar dependiendo de el lugar en el que impartas clases y cómo lo hagas:

  1. Clientes
  2. Alumnos
  3. Adeptos.

Y uno, como profesor, también elige.


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