Sí, soy profesora de yoga. Desde hace unos quince años. Titulada y en constante aprendizaje. Y no, no me creo muchos de los conceptos que se divulgan generalmente en torno a la práctica y filosofía del yoga, pero eso, amigos, es una cuestión personal. Creo, desde mi opinión, que se debe a que aun hoy se explican ciertas cosas como se hacía miles de años, a pesar de que la ciencia haya, afortunadamente, avanzado dando lugar a descubrimientos importantísimos tanto en el ámbito de la salud como de la biología incluso en la anatomía humana.

Partiendo de esa base, por ejemplo, mis alumnos no me oirán hablar de chakras en mis clases. Aunque los haya estudiado y conozca su definición, personalmente me causa mucha inseguridad como profesora explicar algo que no logro comprender. Me limito, pues, a explicar a aquellos que se interesan por ello y me preguntan, a citar textualmente la definición que aparecen en los libros. Pero, dado que doy clases a personal sanitario (médicos, enfermeros/as, etc…) en hospitales, ¿cómo explicarles que los chakras son centros de transformación de energía repartidos a lo largo (más o menos) de nuestra columna vertebral y que influyen en distintos aspectos de nuestra personalidad o estado de salud cuando no están equilibrados? Yo, sinceramente, no puedo.

Afortunadamente, y dejando a un lado la parte más “mística” de esta filosofía, la mayoría del resto de conceptos pueden perfectamente adaptarse a nuestros tiempos y, lo que es más importante, a la parte del mundo en la que nos ha tocado vivir y que difiere mucho de aquella en la que se originó esta filosofía y su práctica. Incluso podríamos ir más allá de esa “adaptación” y tratar de llevar a cabo un aprovechamiento de todos los beneficios que yoga puede aportarnos desde un punto de vista de la salud.

Aquí entramos en un campo de minas, querido lector. Y es que también hay una muy delgada línea entre sacar un buen partido a los beneficios de la práctica física y mental (en realidad, la práctica es principalmente mental siempre) y tratar de hacer ver que yoga es la solución ante enfermedades o dolencias graves. En mi opinión, hay que ser muy cuidadoso a la hora de tocar estos temas: para tratar enfermedades existen los médicos. Los profesores de yoga podemos aconsejar qué posturas/asanas pueden funcionar o mejorar según qué dolencia tenemos o cómo podemos modificar ciertos movimientos o posturas para que nos resulten más beneficiosas. Como siempre digo: “Se trata de salir o mejor o, al menos, igual de cómo entramos a clase. Nunca peor”.

Yoga no es la panacea. Sí, es para todo el mundo (mayores, pequeños, hombres, mujeres…), pero no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Es otro de los errores (en mi modesta opinión) de muchos de nosotros (profesores de yoga): querer convencer de que es lo mejor e incluso mirar con recelo a quien dice no gustarle el yoga: “Eso es que no has practicado lo suficiente”, “A saber dónde has ido a practicar”… Esas son algunas de las lindezas prepotentes que he podido escuchar a algunos compañeros y compañeras. No hay nada mejor que un alumno que se sienta a gusto con lo que está haciendo y percibiendo. Consiste ni más ni menos, que en aplicar lo que tanto nos empeñamos en difundir: NO FORZAR.

Y luego están las nuevas tecnologías. Las nuevas plataformas desde las que algunos (y no siempre profesores titulados y preparados) pretenden enseñar y divulgar yoga. De momento, la mayoría de esas redes se dedican únicamente a la parte física de la práctica. Porque básicamente, de eso tratan las principales redes sociales: de lo inmediato, del impacto visual, de acumular halagos y darse a conocer. La mayoría de esas cuentas (salvo raras excepciones) no son más que un escaparate de egos inflados a base de “likes”. Imágenes que en realidad no son más que eso imágenes, competiciones absurdas para ver quién realiza la asana más vistosa, retorcida e impactante, más propia del Circo del Sol que de las enseñanzas asociadas a yoga. Fotos que muestran lo estética que queda una postura (casualmente en cuerpos que cumplen los estándares de belleza actuales y con estilismos de marcas mundialmente conocidas) y que lo único que demuestran es que no entendieron prácticamente nada.

No, yoga no es eso. Debe haber un equilibrio entre el misticismo y ocultismo del que algunos abusan para poder explicar lo que no entienden y les hace sentir superiores a quienes se dirigen (generalmente personas con necesidades) y ese otro exceso de ego que basa algo en lo meramente físico. Es ese punto que no debería ser tan difícil de transmitir pero que indudablemente ofrece bastante menos beneficios económicos. “Vende” mucho más lo físico: que tu cuerpo quede “perfecto” o que tus obstáculos emocionales se traten de solucionar con explicaciones muy poco (por no decir nada) tangibles. Un punto de equilibrio entre el “entrenador físico” y el “chamán” o curandero (siendo este último infinitamente más peligroso y reprobable que el primero por jugar con las debilidades de un tercero)

Así que a veces, las cosas son más sencillas de lo que creemos o queremos que sean. Yoga aporta una serie de beneficios si uno tiene paciencia para sentirlos y si uno disfruta del aprendizaje sin esperar la inmediatez, si deja que todo vaya llegando poco a poco y si uno está abierto a equivocarse y a aprender de esos errores. Empezamos por “reaprender” a respirar, a controlar la respiración y comprobar cómo, por la relación directa entre respiración y estado emocional, podemos de igual manera controlar nuestros impulsos, sobre todo aquellos que nos ocasionan estados negativos o no nos hacen sentir bien.  Aprenderemos a través del control respiratorio a mejorar nuestra concentración y a movernos de manera mucho más consciente.

No os dejéis engañar. Nada es perfecto. Nada es milagroso. Todo es susceptible de análisis, de ser puesto en duda y de entender que finalmente somos nosotros mismos quienes tenemos el poder de elegir y quedarnos sólo con aquello que realmente queremos.

Gracias por leer.

P.D. Nunca digo Namasté.

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